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A un fresno

Domingo Iglesias

El fresno se blanquea en la pradera
con su blancor de hueso calcinado,
con su tronco yacente y mutilado
es del tiempo la imagen verdadera.

Yo he sentido su canto en la ribera
cual Orfeo del campo enamorado,
cuando el viento, en su copa, sosegado,
jugaba con su fronda en primavera.

¡Qué serena quietud en la tristeza
que brota de su tronco carcomido,
reclinado en su lecho de maleza!

Se diría un gigante adormecido,
abatido por una extraña fuerza,
que reposa en el sueño del olvido.