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BULLAQUE

Francisco Arroyo

Diminuto, risueño, cristalino,
matizando la luz de la mañana,
entre perlas de coral y talle fino,
viene al mundo el Bullaque: río divino,
conquistando del bosque a la besana.

Enseguida se carga de ilusiones
contemplando paisajes de hidalguía.
Y ya sueña un mar de corazones
cuando llegue al claro Mediodía.

Las abejas que beben en sus aguas
le trasladan novedades y sudores;
lavanderas que remojan sus enaguas
le confían la razón de sus amores.

Se imagina carnavales de nostalgia
cuando, en calma, resbala por la piedra.
Y quisiera atesorar toda la magia
que dejara, enamorado, por La Yedra.

Allí tuvo bellas ninfas en sus brazos,
y gozó de las delicias de sus cuerpos.
Y las frutas que adornaban sus regazos,
son tesoro, buen regalo de sus huertos.

Se le abren horizontes de grandeza,
mucho antes de llegar hasta el Guadiana.
En la noche se le va toda la fuerza.
Sortilegios del sol de su mañana.

Las libélulas que bajan de la sierra,
con aromas de tomillo y de alhucema,
se requiebran en escena dulce y tierna,
y emborrachan de olor a yerbabuena.

Evocando Bullaquejo y Peralosa,
Peñaflor, el Fuentébar y el Manzano,
se despide de eucalipto y mariposa.
Con Guadiana se marcha de su mano...

Adiós patria; adiós valle; buenas gentes.
Adiós hojas de colores transparentes.
Adiós tierras que fuisteis mi delirio
y me disteis la razón de mi existencia.

Sea siempre sublime este martirio,
que me impongo en alta penitencia:
contemplar, allá desde mi exilio,
vuestro amor en eterna complacencia.