elefante.jpg

EL ELEFANTE Y LAS HORMIGAS

Un elefante emprendió un largo viaje para visitar a sus padres. Tenía que ir desde UK hasta Ponk. Recorrió montes y valles, cruzó ríos y arroyos, y días más tarde, llegó a su destino.
Cuando acabó el viaje, le pareció oír a alguien que le llamaba. Un coro de vocecillas se esforzaba en chillar:
-¡Señor elefante ¡Señor elefante!
El elefante tuvo que prestar mucha atención para ver quién le hablaba.
Eran decenas de hormigas negras. El elefante las dejó subir a su trompa. Luego, se llevó la trompa junto al oído para poder escuchar mejor.
-Somos un grupo de hormigas de UK. Nuestra madre está enferma y también vive aquí, en Ponk. Así que, cuando nos enteramos de que usted vendría, nos subimos a su lomo y le acompañamos.
-¿Ah, sí? –dijo el elefante.
-Solo queríamos darle las gracias por habernos traído. Sin usted, no habríamos llegado jamás. ¡Muchas gracias de parte de todas!
-¿Cómo que muchas gracias? -refunfuñó el elefante-. ¿Eso es todo? ¿Dónde está mi dinero? ¡Tendréis que pagarme por el viaje!
Las hormigas se miraron unas a otras.
-Pero no tenemos dinero –dijo la hormiga más pequeña.
-Además, no creo que debamos pagarle –se atrevió a decir la hormiga más valiente.
El elefante sacudió la trompa enfadado y las hormigas cayeron al suelo.
-¡Esto no quedará así! –bramó el elefante-. ¡Os llevaré a juicio!
El elefante volvió a recoger a las hormigas con su trompa sin ningún miramiento y las condujo ante la jueza.
La jueza era una anciana tortuga, famosa por ser muy sabia y justa.
-¡Estas hormigas me han utilizado y ahora no quieren pagarme! –explicó el elefante.
La tortuga fue haciendo preguntas.
-¿Entonces, señor elefante, usted tenía pensado viajar de UK a Ponk?
-Sí –respondió-. He venido a ver a mis padres.
-¿Acaso las hormigas le hicieron desviarse de su camino?
-No, la verdad es que no.
-¿Sintió alguna molestia especial durante el viaje?
-¿Molestia, dice?-. El elefante se quedó un rato pensativo-. Ahora que lo dice… No, molestia ninguna. Al contrario. A diferencia de otras veces, en este viaje a menudo he notado un suave hormigueo sobre la espalda, una especie de masaje. Era muy agradable.
-Muchas gracias, señor elefante –dijo la tortuga.
Después, la jueza preguntó a las hormigas.
-¿Por qué no pedisteis permiso a l elefante para que os llevara antes de que empezara el viaje?
-Lo intentamos –dijo la hormiga más parlanchina-. Pero fue imposible. No había forma de hacernos oír. Nosotras chillábamos y chillábamos: “¡Señor elefante! ¡Señor elefante!”. Pero él no nos oía. Todo por culpa de los monos, ¿sabe usted? No sé si habrá estado alguna vez en UK. Es precioso. Debería visitarlo. Además, se come muy bien. Pero, a lo que iba, que en UK hay muchos monos. Son muy ruidosos, y están todo el día columpiándose de los árboles. ¡Si los viera! Hay de todo: chimpancés, orangutanes, gorilas, cotomonos, mandriles…
-Está bien, está bien –le interrumpió la tortuga-. Creo que ya sé todo lo que necesito saber.
La tortuga se retiró unos minutos a pensar.
Las hormigas esperaban nerviosas la decisión de la tortuga. El elefante, sin embargo, parecía muy tranquilo.
-Me voy a hacer rico. Se van a enterar estas hormigas –murmuraba seguro de sí mismo.
Cuando entró la tortuga, todos se pusieron en pie. Pero pronto volvieron a su posición porque un elefante no aguanta mucho tiempo a dos patas y una tortuga es muy lenta.
-Después de haber oído al elefante y a las hormigas, condeno a las hormigas a pagar al elefante mil dinares por el viaje…
-¡Yupi! –Exclamó el elefante.
Las hormigas temblaron. Pero la tortuga aún no había terminado.
-Por su parte, el elefante deberá pagar mil dinares a las hormigas por el masaje.
El elefante se marchó a paso rápido resoplando. Las hormigas fueron a ver a su madre, que se rió mucho cuando sus hijas le contaron esta historia.