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EL MIEDO AL LOBO

Rocío estaba leyendo por décima vez su cuento favorito. De pronto, su madre la llamó:
Rocío adelántate a casa de la tía Concha y llévale este pastel.
Pero, mamá –dijo Rocío- , el lobo estaba a punto de comerse a la abuelita.
Anda, ya terminarás de leer el cuento más tarde.
Rocío cerró el libro a regañadientes, cogió su chaquetón rojo, cogió el pastel y se dispuso a salir de casa.
Dame un beso –le dijo su madre-. Y recuerda que no debes hablar con desconocidos. ¡Y felicita a la tía, que hoy es su cumpleaños!
Rocío salió de casa. Por el camino, la saludaron un señor y una señora.
Hola, tú eres Rocío, ¿verdad? –dijo el hombre.
¿Qué tal? ¿Dónde vas? –preguntó la mujer.
Voy a casa de mi tía Concha a llevarle este pastel de cumpleaños.
¿Es el cumpleaños de Concha? –se sorprendió el hombre.
¡No nos había dicho nada! –exclamó la mujer.
Y salieron corriendo.
Entonces Rocío se dio cuenta de algo terrible. Había desobedecido a su madre y había hablado no con un desconocido, sino ¡con dos! Además, les había dicho dónde iba. ¿Y si ahora le sucedía como en el cuento que estaba leyendo? ¿Y si se adelantaban y se comían a su tía Concha? ¡Y encima el día de su cumpleaños!
Rocío echó a correr con cuidado de no estropear el pastel. Llegó al portal de casa de la tía Concha, subió corriendo las escaleras y llamó al timbre con insistencia.
¿Qué pasa? –dijo la tía Concha nada más abrir la puerta-. ¿A qué vienen esos timbrazos?
Pero Rocío no respondió. Se había quedado paralizada al ver a la tía Concha. La notaba diferente.
¡Tía, tía! ¡Qué ojos más grandes tienes!
¡Ah!, eso es porque me he puesto un poco de maquillaje.
¡Tía, tía! ¡Qué piel más morena tienes!
Bueno, es que he estado en la playa unos días y…
Pero Rocío la interrumpió.
¡Tía, tía! –dijo temblando-. ¡Qué labios más rojos tienes!
En ese momento, apareció el hombre que Rocío había encontrado por la calle. Llevaba las manos en la espalda.
¡El lobo! ¡El lobo! –exclamó Rocío nada más verlo.
Efectivamente, es mi amigo Antonio Lobo.
Por detrás, subiendo el último peldaño de la escalera, apareció la mujer.
Y aquí está su mujer, Viky –terminó de explicar la tía Concha-. Son amigos míos de toda la vida. ¿Os conocíais?
Un poco –dijo el señor Lobo sacando de la espalda un enorme regalo y guiñando un ojo a Rocío-. ¡Felicidades, Concha!