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EL OGRO QUE TODO LO HUELE

Erase una vez un niño llamado Telmo que tenía un perro llamado Nadie. Telmo y Nadie solían pasear juntos cada tarde.
Un día, Telmo fue al bosque con Nadie. De repente, Nadie salió corriendo detrás de una mofeta y Telmo lo perdió de vista.
-¡Nadie! ¡Nadie! –llamaba Telmo desesperado. Pero el perro no aparecía.
Telmo se adentró en el bosque en busca de su perro. De pronto, vio una casa escondida entre los árboles. En sus paredes crecían las rosas más olorosas que Telmo había olido nunca.
Telmo no pudo resistir la tentación y cortó una rosa. En ese momento, Telmo oyó una voz que decía:
-Snif, snif. Huelo a niño.
Al instante, apareció el dueño de la voz: un terrible ogro con tres narices. El ogro preguntó:
-¿Quién te ha dado permiso para cortar esta rosa?
-¡Nadie! –gritó bien fuerte Telmo. Tenía miedo y necesitaba que su perro le defendiera.
-Encima, descarado… -murmuró el ogro. Inmediatamente, cogió a Telmo, lo metió en su casa y le ató a una silla.
-Snif, snif. Huele a miedo -dijo el ogro.
En efecto, Telmo tenía mucho miedo. Miraba alrededor buscando una forma de escapar cuando descubrió, a través de la ventana, a su perro Nadie en el jardín del ogro.
-Snif, snif –dijo el ogro- ¿Quién anda ahí?
-Nadie –respondió Telmo.
-No me mientas, niño. Soy Snif, el ogro que todo lo huele y puedo oler hasta las mentiras. ¿Has llamado a alguien?
-A Nadie.
-¿A Nadie? Está bien.
El ogro olió que el niño había dicho la verdad y se fue a descansar.
-Pues yo diría que huele a perro. ¿estaré resfriado? –pensó Snif antes de caer dormido.
Mientras el ogro dormía, Nadie logró meterse en la casa.
-Snif, snif –gruñó el ogro entre sueños.
Nadie mordió las cuerdas con que estaba atado Telmo y lo liberó.
Telmo y Nadie volvieron corriendo a casa. Para que el ogro no pudiera encontrarlos, lo primero que hicieron al llegar fue darse un buen baño. Telmo se metió en la bañera y Nadie en un barreño. Telmo salió del agua oliendo a limpio y fue a ver a Nadie.
-Snif, snif –imitó Telmo al ogro-. Nadie hueles a… ¡nada!