zapatero.jpg

EL ZAPATERO POCAPRISA

Érase una vez un zapatero llamado Pocaprisa que tardaba veinte días en hacer un par de zapatos.
-¡Qué barbaridad! –decía Muchomás, el dueño de una fábrica de zapatos cercana-. En mi fábrica, solo tardo una hora.
Pero no es que Pocaprisa fuera torpe, ni perezoso. Al contrario, trabajaba día y noche. Pero sus zapatos eran especiales.
Las personas entraban en su tienda y le contaban qué tipo de zapatos necesitaban. Pocaprisa les medía los pies y les hacía muchas preguntas: ¿Le gusta andar por los caminos o prefiere ir pisando la hierba de los campos? ¿Le gusta bailar? En ese caso, ¿qué baile prefiere: tango, zapateado o claqué? ¿Cruza a menudo ríos o charcos? ¿Le huelen los pies? ¿Sube montañas?...
Después les pedía que se pusieran a la pata coja, y por fin les pedía que volvieran dentro de veinte días para recoger sus zapatos.
Cuando salían de la tienda, Pocaprisa se quedaba mirando sus andares y tomaba notas en su libreta. Pero eso sucedía cada vez menos. Hacía tiempo que la gente no entraba ni salía de su tienda. Ahora preferían comprar los zapatos hechos en la fábrica del señor Muchomás. Eran mucho más baratos, aunque también se rompían mucho más y eran mucho más incómodos.
Pocaprisa estaba preocupado.
-¿Qué puedo hacer? Como esto siga así, tendré que cerrar la zapatería. ¿Y de qué podré vivir entonces? ¡Solo sé hacer zapatos! –se lamentaba.
A falta de trabajo, Pocaprisa pasaba el rato leyendo. Así seguía aprendiendo.
Estaba empezando un interesante libro titulado Tacones del mundo cuando sonó la campanilla de la zapatería.
Pocaprisa levantó la vista del libro esperanzado. ¡Por fin llegaba un cliente!
Sin embargo, el zapatero no vio a nadie.
-Vaya, habrán sido imaginaciones mías –dijo, y prosiguió con la lectura.
Pero no había leído cuatro palabras cuando oyó un carraspeo.
-Ejem, ejem.
Pocaprisa se puso en pie y miró hacia el lugar de donde salía el sonido. Entonces lo vio.
Era un duende. No mediría más de veinte centímetros.
-Buenas tardes –saludó educadamente el duende-. Querría que me hiciera unas botas.
-Sí… sí… ahora mismo –repuso el zapatero, que no salía de su asombro.
Pocaprisa le midió los pies y le hizo las preguntas de siempre.
A los veinte días, el duende vino a por sus botas, acompañado de otro duende amigo.
-¿Ves? Aquí te las hacen a medida –comentaba a su amigo mientras se probaba las botas-. ¡Mmm, qué cómodas! Es como andar sobre un colchón de musgo.
El zapatero sonrió. Desde ese momento, tuvo trabajo suficiente. Cada duende venía a recoger sus zapatos acompañado de otro duende, que encargaba otros zapatos, que venía a recoger acompañado de otro duende, que encargaba otros zapatos, que venía a recoger acompañado de otro duende, que…
El zapatero decidió entonces cambiar el cartel de la zapatería. En el nuevo cartel pondría:
ZAPATERO POCAPRISA
ESPECIALISTA EN PIES PEQUEÑOS.

Entre botas de duende y botas de duende Pocaprisa preparó el cartel.
Estaba en la calle a punto de colgarlo cuando oyó un vozarrón a su espalda que decía:
-Disculpe, ¿podría ayudarme?
Pocaprisa se dio la vuelta y miró hacia arriba. Muy arriba.
Un enorme gigante se había detenido ante su zapatería.
-No encuentro zapatos de mi pie en ningún sitio –dijo el gigante-. ¿Podría hacérmelos a medida?
Desde entonces, Pocaprisa tuvo el doble de trabajo. Por suerte, enseguida encontró a un aprendiz que le ayudaba por las tardes.
El único inconveniente es que tuvo que cambiar el cartel de su establecimiento:
ZAPATERO POCAPRISA.
ESPECIALISTA EN PIES PEQUEÑOS.
Y GRANDES.