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LA LLAVE

En una calle, junto a una acera, justo al lado de una alcantarilla, había una llave. Estaba perdida y abandonada.
Pasó el tiempo. Cientos de zapatos taconearon a su lado sin detenerse. De un árbol cercano, cayeron cuatro hojas sobre la llave. Durante unos minutos, permaneció oculta bajo las hojas. Pero poco después, se levantó un fuerte viento. El viento arrastró las hojas y dejó la llave de nuevo a la vista. Sobre la rejilla. En perfecto equilibrio.
Sin embargo, nuevos peligros la acechaban. Cinco canicas rodaban hacia ella.
La llave se mantuvo sobre la alcantarilla mientras las canicas fueron cayendo a su lado, una a una. Clinc, clonc, clinc, clonc, clinc.
Detrás de las canicas, venía corriendo un niño. Se llamaba Iván.
-¡Vaya! –exclamó Iván-. ¡Mis canicas! ¿Y ahora con qué voy a jugar?
Iván se agachó y miró por los agujeros de la alcantarilla. Pero no había ni rastro de sus canicas. Sin embargo, Iván vio la llave abandonada de la alcantarilla sobre la rejilla.
-¡Una llave! –dijo extrañado-. ¿Qué abrirá?
Iván cogió la llave y se la metió en el bolsillo. Estaba dispuesto a encontrar la puerta que abriría la llave.
Por el camino, Iván se encontró a Alfredo.
-Iván, ¿no habrás visto mi pelota? –le preguntó Alfredo-. Acabo de perderla.
-No, lo siento –le interrumpió Iván-. Te dejo. Estoy muy ocupado. Tengo que encontrar una puerta.
- Está bien –dijo Alfredo-. Pero si ves mi pelota, silba.
Unos pasos más allá, se encontró a Verónica. Miraba al cielo buscando algo más allá de las nubes.
-Iván, ¿me ayudas? –le preguntó Verónica sin dejar de mirar a lo alto-. Estoy buscando un globo que…
-No puedo, lo siento –le interrumpió Iván-. Estoy muy ocupado. Tengo que encontrar una puerta.
-Está bien –respondió Verónica-. Pero si ves mi globo, silba.
Iván siguió andando. No sabía dónde debía ir. Simplemente andaba buscando una puerta misteriosa. Sin apenas darse cuenta, se encontró caminando por el parque.
De vez en cuando, se metía la mano en el bolsillo y sentía el tacto metálico de la llave entre los dedos. Pero no encontraba ninguna puerta misteriosa.
A quien encontró, detrás de un árbol, fue a Camila. Estaba sola y aburrida. Había perdido un coche que había bajado para jugar en el parque.
-No habrás visto mi coche, ¿verdad, Iván? –le preguntó Camila.
-No, lo siento. Te dejo. Estoy muy ocupado. Tengo que encontrar una puerta.
-Está bien –respondió Verónica-. Pero si ves mi coche…
-No te preocupes –le interrumpió Iván-. Si lo encuentro, silbaré.
Y lo mismo sucedió con Amir, José Luis, Ana y Quique, a quienes fue encontrando por el camino.
Casi al final del parque, cerca del estanque de los cisnes, Iván descubrió una pequeña caseta.
-¡Caramba! –dijo extrañado Iván-. Jamás había visto este lugar.
Pero lo que más llamó su atención fue la brillante cerradura que había en la puerta de la caseta.
Iván se llevó la mano al bolsillo. Ahí estaba la llave. Y ahí estaba la puerta.
Porque Iván estaba casi seguro de que su llave abriría esa puerta. Sin embargo, ahora que la había encontrado, dudó.
-¿Debo abrir la puerta?
Iván metió la llave dentro de la cerradura, pero no se atrevió a girarla.
-¿Qué habrá dentro?
Iván dio una vuelta a la llave.
-¿Y si hubiera algo horrible?
Iván dio otra vuelta a la llave.
-¿Y si estuviera encerrado un león?
Iván giró la manilla. Tomó aire y, por fin, se decidió a empujar la puerta. Entonces, al abrir la puerta, sonrió. Sonrió, y silbó, y silbó, y silbó, y volvió a silbar. Acababa de entrar en un lugar muy especial: la oficina de objetos perdidos.
En el mostrador, esperaba una mujer.
-¡Menos mal! ¡Me había quedado encerrada! ¡Por fin alguien ha encontrado la llave!