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LA LUNA QUIERE JUGAR

Noche tras noche, la luna veía jugar a los niños. Veía dormir a los perros. Veía dormir a los elefantes. Veía dormir a los montes, a los valles y a los ríos. Y veía jugar a los peces.
Se perseguían unos a otros, jugaban al escondite, se deslizaban entre el coral.
Una noche, la luna se atrevió a preguntarles:
-Peces, ¿no dormís? Es de noche…
Los peces le explicaron:
-En el fondo del mar, siempre es de noche. Siempre es tiempo de dormir. Siempre es tiempo de jugar.
La luna se quedó pensativa.
-Yo trabajo de noche y duermo de día –se dijo-. Nunca tengo tiempo de jugar.
La luna decidió entonces que esa noche sería diferente.
-Esta noche voy a jugar.
Primero, preguntó a los peces:
-¿Queréis jugar conmigo?
-No, eres demasiado grande para jugar con nosotros.
Entonces preguntó a las gaviotas:
-¿Queréis jugar conmigo?
-No, estamos demasiado ocupadas volando.
Entonces preguntó a la foca:
-¿Quieres jugar conmigo, foca?
-¡Vale! –dijo la foca.
La luna se acercó a la foca para jugar con ella. Cuando ya estaba rozando su morro, la foca tomó impulso y lanzó a la luna por el aire como si fuera una pelota.
La luna salía despedida, aterrizaba en el agua, se zambullía, sorprendía a la foca por detrás, volvía a salir despedida… Arriba abajo, arriba abajo.
Después de toda una noche jugando, la luna supo que merecía la pena reservar un tiempo para jugar.
Al día siguiente todos los periódicos daban la misma noticia: “La luna se ha vuelto loca”.
Sólo El Heraldo del Mar dijo la verdad: “La luna se toma un día de fiesta”.
Desde entonces, una vez al mes, la luna se esconde para jugar. Ese día no la busques en el cielo. No la encontrarás.