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LA PRINCESA ONDINA Y EL SOL

Érase una vez una princesa que tenía un corazón de oro y un hermoso pelo rizado. Sus padres habían pensado llamarla Victoria. Pero al verla recién nacida, con aquellas ondas en el pelo, cambiaron de opinión. Decidieron entonces llamarla Ondina.
Una mañana, la princesa Ondina salió a pasear. Andando por el bosque, llegó hasta la orilla de un río. La princesa se miró en sus aguas y vio reflejados sus hermosos bucles castaños.
-Qué limpio está el río y qué calor hace –pensó la princesa-. Me encantaría darme un chapuzón.
La princesa no se lo pensó dos veces y se metió en el río.
Un rato después, salió del agua. Pero, al mirarse de nuevo en el río, descubrió que había sucedido algo terrible: sus bucles habían desaparecido. Ahora su pelo estaba mojado y liso. Ya no era la princesa Ondina.
-¿Dónde estarán mis bucles castaños? quizá se hundieron en el río.
La princesa volvió a meterse en el agua y buceó. Pero no encontró ni rastro de sus rizos.
-¿Dónde estarán mis bucles castaños? quizá se los llevo un pájaro.
La princesa miró al cielo. Pero no encontró ni rastro de sus rizos. La princesa ya no sabía donde más buscar. Pero entonces oyó que alguien se dirigía a ella. Era el sol.
-Tranquila, princesa –dijo el sol -. Yo llenaré de bucles tu cabello.
-¿Cómo? –preguntó la princesa-. ¿Puedo ayudarte?
-No hace falta. Tú descansa.
Y eso hizo la princesa. Estaba cansada de tanto buscar. Así que se tumbó en la hierba y, al poco rato, se quedó dormida.
Al calor del sol, el pelo de la princesa comenzó a rizarse. Y, poco a poco, se llenó de bucles.
Cuando la princesa despertó, fue a mirarse al río.
-¡Oh, mi pelo está lleno de bucles… rubios!
En efecto, el sol no solo había rizado el pelo de la princesa si no que le había prestado su fulgor dorado.
-Gracias, sol –dijo la princesa.
-De nada, Ondina –contestó el sol.
La princesa volvió feliz al castillo con los bucles y la piel del rostro teñidos por el sol.
Ya en el castillo, se encontró con su padre, el rey cano. El rey miró con curiosidad a su hija. Notaba algo raro en ella, aunque no sabía qué. Al final el rey Cano dijo:
-recuerdame
, hija mía, que mañana vaya a la peluquería. Me gustaría teñirme la barba del mismo color que tu pelo.