Había una vez una bruja que vivía con su hija en medio del bosque. La niña, que se llamaba Neftalina, era aprendiz de bruja y siempre que podía ayudaba a su madre con las pócimas y los encantamientos.

Pero a la pequeña Neftalina, que además de aprendiz de bruja era algo traviesa, le gustaba juguetear con los trucos que aprendía.
Un día, su madre le pidió que fuera a coger unas arañas para preparar una poción mágica. Neftalina salió al bosque y, mientras buscaba las arañas, tropezó con un caracol que estaba bajo unas hojas. La brujita, para divertirse, le dijo:
“Busco una araña,
no un caracol,
ahora serás
un gran tambor”.

Y el caracol se convirtió en tambor.
La madre, al verla llegar tocando el tambor, le dijo:
-¿Qué has hecho? ¡Deja de jugar y tráeme lo que te he pedido!
Al salir por segunda vez, la pequeña bruja vio una seta. Se acercó a ella y pronunció de nuevo las palabras mágicas:

“Busco una araña,
y no una seta,
ahora serás
una muñeca”.

Y la seta se convirtió en muñeca.
Cuando su madre la vio aparecer tan contenta con la muñeca, preguntó algo enfadada:
-¿Dónde están las arañas? ¡Las quiero aquí antes de media hora!
Por tercera vez salió la brujita al bosque, y en esta ocasión se encontró con un ratón.
Naftalina se acercó y dijo:

“Busco una araña,
y no un ratón,
ahora serás
un gran balón”.

Y el ratón se convirtió en balón.
Cuando la madre bruja vio a su hija aparecer con un balón, se enfadó mucho e hizo que deshiciese los encantamientos.
Después tomó a Naftalina de la mano y, con voz de pocos amigos, le dijo:
-Iremos las dos a coger arañas. ¡No quiero que me llenes la cueva de juguetes!
Mientras recogían arañas y las iban metiendo en un frasco, la pequeña bruja pensaba:

“Esta araña
tan redonda
tiene cara
de peonza”.
Pero no se atrevió a decirlo para que su madre no se enfadara.